Una publicación efímera, como todo

El sablazo

In Opinión, por Luis Bruschtein on 16 diciembre, 2017 at 5:26

“Ni Carlos Marx imaginó una realidad tan esquemática prácticamente sin intermediaciones políticas, jurídicas ni mediáticas. De un lado las grandes empresas en el gobierno con las corporaciones de medios y gran parte del Poder Judicial, y del otro los trabajadores en la calle. Es una situación explosiva”, plantea Luis Bruschtein en esta nota.

Leemos hoy:

“Dicen que la economía estallará si no aplican el sablazo a las jubilaciones. Pero podrían aumentar las retenciones, aplicar un impuesto a las operaciones financieras, o un tributo a las empresas mineras o a los artículos suntuarios o una escala de impuesto a las altas ganancias similar a la de los países nórdicos o aumentar los salarios para que aumente la demanda y el consumo y crezca la recaudación.

Pero no pueden sacarle a los ricos porque el credo neoliberal dice que si les sacan, los ricos se enojan, entonces no invierten y se llevan la plata a otra parte. Es la palabra santa que aplica el macrismo desde hace dos años y no solamente no produjo ninguna lluvia de inversiones, sino que aunque los más ricos están más contentos porque ganan mucha plata, se la llevan toda afuera. El gran dato de la macroeconomía es que les sacaron impuestos, les dieron grandes beneficios y a pesar de todos esos privilegios otorgados a los ricos, el macrismo consiguió cifras récord en la fuga de capitales, alrededor de 50 mil millones de dólares en dos años, más o menos la misma cantidad en que Mauricio Macri endeudó a ritmo vertiginoso al país.

Para los que se llevan esa plata y los que hacen negocio con esa deuda, el país es una fiesta aunque las cuentas no cierren y el gobierno diga con razón que la economía está a punto de estallar. Pero en vez de apuntar a los que se la están llevando en pala, despoja a los más vulnerables y desprotegidos, los jubilados, los niños pobres, los pensionados y los discapacitados. Parecen burgueses de la Propaganda Roja. Un cuento de terror para pibes. Autocachetazo, perdón por las disgresiones, no es un cuento de terror, es el neoliberalismo, estúpido.

Eso fue el trasfondo de las manifestaciones de la semana. La protesta ha sido legítima defensa frente a un gobierno de empresarios dispuestos a saquear el bolsillo de los trabajadores. Ni Carlos Marx imaginó una realidad tan esquemática prácticamente sin intermediaciones políticas, jurídicas ni mediáticas. De un lado las grandes empresas en el gobierno con las corporaciones de medios y gran parte del Poder Judicial, y del otro los trabajadores en la calle. Es una situación explosiva. El malestar de los dirigentes de la CGT por la escasa intervención de la política en ese debate proviene de la experiencia. Los trabajadores en la calle cambian la lógica de cualquier negociación. Un gobierno dispuesto a reprimir a rajatabla aumenta la presión y enfatiza ese rumbo que puede llegar a un punto sin retorno. Fue el 17 de Octubre, fue el frigorífico Lisandro de la Torre, fue el Cordobazo, fue el 19-20 de diciembre de 2001.

El país no está en esa situación, pero escenarios como el de esta semana vertebrados por el intento de usar los fondos de los jubilados como variable de ajuste apuntan en esa dirección.

Así fue el jueves: los trabajadores en la calle cambiaron la lógica de una negociación, que más que nada hasta ese momento había sido de extorsión y concesiones. Aprietes de la Rosada a los gobernadores y diputados, con amenazas de desfinanciamiento de las provincias y carpetazos. Resignaciones y votos forzados. Así salió el proyecto sin pena ni gloria del Senado. El jueves el clima cambió y causó la primera derrota a un gobierno que se había agrandado después de las elecciones de medio término. No consiguió el quórum en Diputados y tampoco pudo sacar la reforma por DNU.

El saldo de ese poder desplegado por los trabajadores en la calle en legítima defensa provocó cambios en la decisión de algunos diputados comprometidos con los gobernadores, generó divisiones en el oficialismo y provocó la unidad en los hechos del sector mayoritario de la oposición expresado en los diferentes bloques peronistas y algunos de sus aliados progresistas.

El oficialismo está en apuros porque Macri está obsesionado con fondearse con los jubilados, pensionados y beneficiarios de la AUH. Ni se plantea sacar fondos de otro sector. Y además el martes tiene un vencimiento de Lebacs por 350 mil millones de pesos que equivalen casi a la mitad de la base monetaria. Es el vértigo de la bicicleta financiera. Todo el esquema revienta si no consiguen que la mayoría de los tenedores renueve. Lo que tengan que pagar, deberán hacerlo con la maquinita de fabricar billetes que puede mandar la inflación a las nubes. La especulación es muy sensible a los climas políticos y sociales. Y una derrota del gobierno por la movilización de los trabajadores como sucedió el jueves produce inquietud en el corazón del especulador que es su bolsillo.

Descartado el decreto de necesidad y urgencia hay coincidencia en la oposición de que el gobierno tratará de conseguir la aprobación en Diputados el lunes a la tarde. Macri no quiere que el debate se produzca el martes o el miércoles (19 y 20) con movilización y represión en la calle como fue el jueves. Pero más que nada como fue en 2001, una fecha que trae malos recuerdos a los radicales de Cambiemos y funestos augurios para el macrismo.

Pero quiere llegar al lunes con los gobernadores contra la pared. Ya está armado el equipo del oficialismo: el ministro del Interior, Rogelio Frigerio; su par de Hacienda, Nicolás Dujovne, y el vicejefe de Gabinete, Mario Quintana. Los convocados fueron los gobernadores Domingo Peppo (Chaco), Omar Gutiérrez (Neuquén), Juan Manuel Urtubey (Salta) y Rosana Bertone (Tierra del Fuego). El plan de extorsión es obscenamente público: el saqueo de las jubilaciones a cambio de más dinero para sus distritos.

El neoliberalismo dice que el capital se enoja cuando no le dan lo que reclama. Es una regla que corre para todo el mundo. Los jubilados también se enojan. Los trabajadores también. La reforma previsional ya perdió en la disputa cultural. Fue criticada incluso desde los medios oficialistas que huelen la sangre en el terreno de la opinión pública. El gobierno tiene un déficit altísimo. Pero no quiere la plata de los jubilados para “reducir el gasto” sino para hacer política con los gobernadores y fundamentalmente con la gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal y con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires que son los más beneficiados en el reparto. La única austeridad que se reclama, es la de los jubilados, de los pensionados, de los niños pobres y de los discapacitados que están pensionados. No es cierto que el gobierno no tiene alternativa. Si revienta la economía será por muchas otros fracasos de un gobierno al que después de dos años le siguen dando mal prácticamente todos los índices macro.

La opinión pública no es un bloque homogéneo, siempre está dividida. Pero se instaló en la sociedad que la reforma implica una reducción de las ganancias de los jubilados, lo cual es cierto. Es una derrota fuerte en la disputa por los sentidos. Es difícil que un bono como el que proponen para maquillar la aplicación de la reforma altere el clima de malestar general con el proyecto del gobierno. Aun cuando consiga aprobarlo, será con el rechazo mayoritario de la sociedad. Tendrá un costo, debilitará sus adhesiones, irá perdiendo esa coraza de impunidad que le permitía asumir decisiones impopulares sin costo político.

La oposición vislumbró que a este gobierno también le entran las balas y que puede ser derrotado. La movilización de los trabajadores, de los movimientos sociales, incluyendo al movimiento de derechos humanos y a los estudiantes tuvo ese efecto. La represión cimentó esa convicción. El gobierno conservador se basa en el control, apunta a la desaparición de espacios críticos que no controla y a medida que lo consigue, abre la crítica en los espacios que controla. Concibe el diálogo como una herramienta de control y no de consenso. Esa política de control se repite en la justicia, donde ya está planteando una reforma de la Magistratura para garantizarse el control más allá de sus altibajos electorales. Y de la misma forma plantea su control de la calle. No convoca a sus simpatizantes sino que satura las calles de fuerzas represivas.

Diciembre es un mes difícil en Argentina. Para muchos las escenas del jueves trajeron recuerdos, no tan lejanos, del 2001. Para los jóvenes que se incorporaron a la política en los años del kirchnerismo, el despliegue de la violencia represiva fue una amarga novedad. Pero es la realidad que deberán afrontar de aquí en adelante”.

(Leer completa la nota de Luis Bruschtein haciendo click acá)

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