Una publicación efímera, como todo

De dónde viene

In Apuntes rápidos, Mapa personal, por Mario Rivas on 20 abril, 2017 at 12:09

por Mario Rivas

a la Tusi, mi hija

Uno de los pocos recuerdos que tengo de mi papá es verlo limpiar con un pedacito de pan el plato después de haber comido, dejándolo limpio como si no hubiese sido usado: “No hace falta lavarlo”, recuerdo que decía orgulloso. Con mi hermano también teníamos que dejar limpio el plato, era una especie de competencia, pero mi papá nos ganaba siempre.

Seguramente  este recuerdo tiene que ver con mi manía de no dejar nada en el plato, aunque seguramente hay otro suceso que creo me marcó más en ese sentido.

Cuando era chico me trataban por alergia. Iba una o dos veces por semana al consultorio del “tío”Osvaldo Kahn que estaba en la calle Santa Rosa casi llegando a Sucre. En aquel entonces el tratamiento consistía en no sé cuántas vacunas por un lapso largo de tiempo. A mi no me importaba porque ir a los del “tío” Osvaldo era siempre una alegría: viajar solo en colectivo, llegar al consultorio, esperar un poquito mirando las infaltables reproducciones de Mónaco en todo consultorio progresista, entrar, saludar a la “tía” Perla, la mamá de Osvaldo y luego una de las practicantes, que siempre eran hermosas y jóvenes, me colocaba la vacuna correspondiente. Luego me veía un ratito el mismísimo doctor Kahn, fundamentalmente para darme algún regalo o hacerme alguna broma. Así que esas idas a mi cura de la alergia eran una verdadera fiesta.

Una tarde fuimos con mi mamá, que no sé qué cosas del Partido tenía que arreglar con el “tío” Osvaldo. La cuestión es que en el consultorio estaba Víctor, el hermano menor de Osvaldo, que le pidió permiso a mi vieja para llevarme a tomar una Coca. Así que fuimos a una parrilla que estaba en Santa Rosa y La Cañada, en el mismo lugar donde hoy está La Mamma.

La cuestión es que nos acomodamos en la barra y Víctor pidió una Coca y unas papas fritas “a caballo” para mi. Yo seguramente me habré llenado con la Coca y el huevo o con las papas, no recuerdo, lo cierto es que era una porción demasiado grande para un chico de ocho años y realmente no podía más. Víctor me dijo que no había problemas, que si no quería más que lo dejara. Y eso hice: dejé el plato con la mitad de las papas fritas. Esa visión me persiguió durante años cada vez que tenía hambre.

Desde entonces es que no dejo ni una miguita en el plato.

La Jime, mi hija, se preguntaba el otro día de dónde le vendría a ella esa costumbre de no dejar nada en el plato. Ahora ya lo sabe.

 

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