Una publicación efímera, como todo

Lo dice el mercado

In Opinión, por Carlos Balmaceda on 13 mayo, 2016 at 10:21
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por Carlos Balmaceda (vía Fb)

Quien te dice qué sos, cuánto valés y merecés, es el mercado.
Tus méritos, tus logros y tus victorias las determina ese ente al que sus cortesanos le han dado carácter humano.
“Los mercados dicen que la gente es más feliz” dijo Sturzenegger cuando se le preguntó cómo estábamos.
Yo no lo sé, pero el mercado sí. No lo dice el deseo de la gente, no lo dice el fondo de tu alma, no lo dice la desgarradora y buscada los tumbos felicidad.
Lo dice el mercado.


El mercado ha determinado que Jorge Lanata ha fracasado, que es un inepto, que no da la media de rating que sus patrones estaban buscando.
Adiós Jorge, volvé a las palmeras y a tu diálisis en Miami.
So long, gubai, ya veremos qué tenemos para vos.
El mercado, sus eventuales jinetes, te ponen, te sacan, te burlan, te arrastran, te asesinan, te suben, te bajan.
Ya seas bebé traficado por córneas, ya seas jovencita raptada para transitar mil sábanas, ya seas ejecutivo de cuenta, ya seas operador que depuso un gobierno, espía, killer, denunciante, golpista, dios.
Se mete en la cabeza y en tu deseo, te dice que ese es el hombre que te conviene, la cama caliente, el bolsillo lleno, la moral necesaria, te hace mujer sumisa, te hace hombre proveedor, te hace mierda, mierda, mierdita.
El mercado cabalga con montura vieja: acá nadie quiere laburar, acá hace falta una colimba, acá hace falta mano dura. Creencia antigua, ya desgastada, al mercado le viene bien como espuela y huella andada.
Por eso, hoy que vuelve, va de boca en boca con lo ya sabido, lo transitado, lo pasado. “Se acabó la pedagogía de la compasión” que es casi como “Se acabó la leche de la clemencia”, la frase que Américo Ghioldi dijo en medio del asesinato masivo más grande de la historia argentina. El, un socialista, un hombre de progreso y apóstol de la igualdad.
Y todos, los que lo sufren, los empalados, los arrastrados por el mercado, dicen qué bien, y ahora sí que volvió eso que hacía falta.
Porque el mercado deja huevos de idiotas, viejos huevos de idiotas en nidos de años y años y años, preparados para que algún boludo los empolle.
Y así vuelve.
Pide ignorancias disfrazadas de saberes el mercado. Pide en boca del imbécil una seguridad y una certeza que le aseguran que es un tipo centrado, una mina posta, y qué bien que el aplazo vuelve, qué bien que ahora vuelve a tener mérito el mérito.

De vez en cuando alguno le da la cana al mercado, a la naturalización, a la desgracia que no se sabe de dónde viene.

Un franchute sabio y curioso, un tal Bourdieu, lo hizo una vez.

Habló de capital social, capital cultural, capital económico.Todo eso que una familia tiene o no tiene, que te marca o no te marca la vida. La tríada que Bourdieu desculó para mostrarnos cuán desvalidos veníamos al mundo, cuán desemparejados estábamos con respecto a los bendecidos por una familia con biblioteca, palabras, contactos, símbolos y plata.
Con otro francés hizo un libro y le puso “Los estudiantes y la cultura” y fue deshaciendo cada una de las creencias que el mercado cinceló en cabezas y almas.
Ese que tan bien se mueve, que tan bien habla, que tan seguro se muestra, que usa tal o cual palabra, ese que tan tímido es, que tan poco levanta la voz, que tantos miedos arrastra, ese que no puede juntar palabra con palabra en una hoja, ese que no se siente autorizado a nada, esos, todos esos, no son por nada, no son azar, son paso de la historia, del poder y la cultura sobre los cuerpos, familias y cabezas.
En pelea de fondo, el bueno de Bourdieu lo caga a trompadas al meritócrata, lo pone contra las cuerdas, le demuestra una y otra vez que eso que se supone natural -el esfuerzo, la voluntad, el deseo, el empuje, la garra, el entusiasmo y hasta el optimismo- tienen un margen así de corto fuera de la política.
Pero ahora hay que taparlo, hay que cubrirlo, hay que callarlo, hay que silenciar a esos bocones que vienen a decirlo, que quede restringido a un aula de las más chiquitas en la calle Marcelo T. de Alvear, que sea llanto de loco, palabra de agrandado, como le decíamos en el barrio, que pueda ser repelido con un al pan pan y al vino, vino.
Que el arroz y los fideos sean un incentivo semanal en la dieta de un alumno de la provincia de Buenos Aires, un acicate para que se supere y no un cuentacalorías que lo debilita y le esmerila el alma.
Que la nota sea el puerto final de su esfuerzo, la ratificación absoluta de un estado de cosas en el que los caballitos del Costa Azul educativo, del Scalextric pedagógico, salen todos juntos, cabeza con cabeza de la línea de partida.
Que el mérito, el esfuerzo y el triunfo son una decisión tuya, una virtud, un propósito, porque no solo no existe la historia sino que no existe el inconciente ni los miedos ni una fabulosa maquinaria de símbolos que te gritan “consumí, consumí, hay ídolos más grandes que el mundo que vas a adorar, y que ya te darán la medida de lo que vos no sos”.
Por eso tanto Rozitchner, y tanto Sri Sri, y tanta alegría y tanta mierda, tanto respirá bien y pensá positivo, que las cosas se darán, tanta new age y sombras de gray, tanto best seller y tanta prolijidad en las vidrieras.
Los valores que te dan la medida son los del rufián que conquistó el mundo. Sobre ellos se establece la meritocracia. De otro modo, honor, dignidad, coherencia, sabiduría e integridad serían las escalas sobre las que nos construiríamos como personas.
En un mundo así, en un mundo de hijos de puta que a nivel local se han desatado y andan diciéndonos cómo tienen que ser las cosas, no dudo: elijo el fracaso, elijo ser último orejón del tarro, elijo ser el que escupe a la runfla, aunque eso me separe de todos, los que dudan, los que no la vieron venir, los que se tientan todavía con pasarse del otro lado, lo que parece que están de acá pero ya no, las Ingrid Beck y la mierda en coche.

Elijo el mérito de ser mi medida y no la del mercado.
Elijo el mérito de elegirme a mí, en comunión con unos pocos otros.
Elijo el mérito de la esperanza, mientras veo cómo el mercado los aplasta, a los genios, a los ganadores, a los deshechables.

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