Una publicación efímera, como todo

Nuestro

In Opinión, por Mariano Oberlin on 29 febrero, 2016 at 15:52
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por Mariano Oberlin (vía Fb)

Desde niños, en la escuela, en educación cívica, se nos enseñó que la libertad de uno termina donde comienza la libertad de los otros.
En una nota que nos hicieron en Río IV en relación al trabajo de los cartoneros, y más ampliamente al cuidado de nuestra casa común, Sergio Angulo, el catequista que me acompañó, compartió una reflexión en torno a esto que me quedó dando vueltas en la cabeza y en el corazón.

Es cierto que una convivencia pacífica supone el respeto de las libertades de cada uno, y los límites que eso implica a las libertades particulares. Pero, asumiendo ese principio, decía él: es muy pobre pensar al otro simplemente como un límite a mi libertad, a mi plenitud, a mi felicidad. Que pasaría en nuestras sociedades si desde chiquitos se nos hubiese enseñado que el otro no es un límite para mi plenitud sino justamente aquel que la hace posible. Qué pasaría si pensáramos que la libertad de uno no termina donde empieza la libertad del otro, sino que en el encuentro con el otro libre se hace más plena mi libertad y se fundan nuevas y “nuestras” libertades.
Y en la misa de envío, como parte de una catequesis, el mismo Sergio contó un cuento, una parábola de la creación que viene al caso.
Decía que cuando Dios terminó de crear todo lo que existe, se quedó contemplando maravillado todo lo que había hecho. Pero mientras lo contemplaba se dio cuenta de que nada tenía sonidos. Entonces rápidamente comenzó a ponerle sonidos a cada cosa. Al perro le dio el sonido del ladrido; a la vaca el mugido; al agua ese sonido tan lindo que se siente cuando acaricia las piedras de los arroyos, a las hojas el silbido que el viento les inspira cuando las agita… Y vio que todo estaba muy bien. Pero entonces se dio cuenta que le faltaban el hombre y la mujer. Y rápidamente decidió enseñarles a hablar. Pero pensó para sus adentros y en consonancia con la esencia que les había dado, que le iba a alcanzar con aprender sólo una palabra: “Nuestro”. Y finalmente, profundamente satisfecho y viendo que todo lo que había hecho era muy bueno, descansó.
Y el hombre y la mujer eran profundamente felices. Hasta que pasó por ahí el tentador y les preguntó porqué eran tan felices. Y ellos le respondieron la única palabra que sabían decir: “nuestro”. El tentador, confundido, les preguntó si habían entendido la pregunta, y ellos respondieron nuevamente: “nuestro”. Sin salir de su sorpresa y ya con un tinte de ironía les preguntó si el creador no les había enseñado a decir otra cosa, y ellos respondieron: “nuestro”.
Entonces el tentador, el gran envidioso que siempre quiso ser más que el creador, pensó: si aquel otro los pudo hacer tan felices a estos enseñándoles una sola palabra, entonces yo les voy a enseñar dos palabras y van a ser doblemente felices. A ver quién se lleva los laureles. Y les enseñó a decir: “tuyo” y “mío”. Y así fue como empezaron las discusiones, y aparecieron los unos y los otros, y aparecieron los alambrados, y las armas, y las guerras para defender lo mío de lo tuyo…
Cuando el creador vio todo eso, profundamente conmovido decidió enviar a su propio Hijo, que, cuando el hombre y la mujer, abatidos por lo que estaban viviendo, le preguntaron cómo volver al origen, el les dijo: “Hablen con Aquel que les dio el origen. Y cuando lo hagan digan: Padre “Nuestro”… danos “nuestro” pan…
Sólo si el Padre es “nuestro”, el pan será “nuestro”. Sólo si el pan es “nuestro”, el Padre será “nuestro”.

Cuando era chiquito, luego de la desaparición forzada de mi papá, mi mamá, aunque laburaba como una mula todo el día, los primeros tiempos no llegaba con sus suelditos ni a cubrir los gastos mínimos de subsistencia. Pero nunca pasamos hambre, porque la comunidad que se había formado en torno a la Palabra de Jesús y a la figura del Cura Vasco que la acompañaba, nos sostuvo. La Gina y el Angelo, que tenían una quinta cerca de mi casa, todos los sábados nos traían un montón de verduras para la semana, otros nos pasaban algún abrigo que ya no usaban, o que aunque lo usaban deseaban compartirlo, otros algún paquete de polenta… La Rosa y el Carlos, amigos entrañables también, le ayudaban a mi vieja con el pago del alquiler, hasta que un día ella les dijo que ya no hacía falta, que ya se había podido acomodar un poquito mejor en el trabajo y el sueldo se estiraba un poquito más. Dejaron de darle entonces, hasta que un día, unos añitos después, le dijeron que habían estado juntando la platita del alquiler, y algunos pesos más, y querían regalarnos una casa. Y así se compró nuestra casa. Y el cura Vasco, que trabajaba como metalúrgico además de ser cura, cuando cobraba la quincena nos dejaba en la puerta de mi casa una canasta con golosinas y galletitas (gustos que para nosotros como niños eran inalcanzables en ese momento), golpeaba la puerta y salía corriendo para que no sepamos quién era. Aunque todos lo sabíamos. Quizás por eso la noche del cartoneo en que encontramos una bolsa de golosinas en medio de la basura me dolió tanto el corazón.

A veces pienso con nostalgia: qué lejos está ese “nuestro” de los tuyos y míos que nos abundan. Pero por ahí también pienso que la misma distancia que los separa es la que los une. Y entonces será cuestión de empezar el camino de retorno, porque mientras más nos alejamos, más difícil será volver, y mientras antes retornemos, más corto será el camino.
Ricardo Gianni, un joven de Río IV, que fue quien organizó el jubileo del cartonero desde la fundación y la cooperativa que acompaña, no se cansaba de insistir en que la problemática de la basura, de la conservación de nuestra casa común, de las condiciones laborales de los recuperadores urbanos, y todos los derivados de estas problemáticas, no se van a resolver si no es en redes, si no nos comprometemos todos juntos en la búsqueda de soluciones: instituciones gubernamentales, ONGs, iglesias, partidos políticos y todos los vecinos. Y coincido plenamente con eso.
Sólo agregaría que no sólo los problemas ambientales se resolverán así, sino también todos los problemas humanos.
Sólo cuando volvamos a decir “Nuestro” se van a resolver los problemas “tuyos y míos”.

 

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