Una publicación efímera, como todo

Córdoba, 2066

In Crónicas, por Patricio Pérez on 21 diciembre, 2015 at 12:15
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por Patricio Pérez

“¡Esta nota está desactualizada! ¡Escribí otra!”
(M. R.)

En algún momento en los años ’40 (esos locos años ’40) las cosas se confundieron un poco: ahí, en esa época gloriosa de la cultura, la iniciativa popular recuperó aquellos nombres del pasado que habían quedado olvidados.
En el ’41 se inauguró el Centro Cultural Autogestivo Lali Espósito en un teatro recuperado de Alberdi; ahí, en lo que al principio fuera un tugurio mohoso con un barcito sin mozos, se gestó una nueva ola de pop chicle, con grupos ya míticos como la Miley Cyrus Memorial Orchestra o Los Ángeles de Justin.
La nueva ola de pop chicle llegó como una juvenil liberación después de esos largos años los que en los escenarios eran copados por bandas de punk rock apadrinadas por San Cristóbal Seguros, que vio en ellas una lucrativa apuesta a la cultura.

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Mi abuelo se acuerda muy bien, y con cierta nostalgia, de la fiebre por el dólar. Hoy casi ya no existe. Él dice que se lo vio venir, en algún punto de los años macristas (ese extraño presidente que bailaba cumbia en el balcón de la Casa Rosada): “los chinos coparon todo, mi hijo, y yo lo sabía de antes”.
Ahora, los ricos ahorran en yuanes y el argentino promedio adora a Mao (“el Gran Reformista”), odia a Orwell (“la pifió grosso”), consulta diariamente el I-Ching y toma vino de arroz.
En Córdoba City la chinomanía se sintió fuerte: en lo que se llamó el Pekinazo del ’53, los chinos compraron todas las franquicias del Naranja Pablo y establecieron el monopolio de todos los maxikioscos de la ciudad de Córdoba. El cordobés, chocho: desde entonces puede comprar maneki-nekos en la punta del faro del Parque Sarmiento, donde los chinos han construido, con gran visión de mundo, un bazar giratorio a lo Seattle donde relucen a lo alto las baratijas.

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Al principio fue chocante. Allá por finales del 2015, un periodista de La Voz del Interior de cuyo nombre quisiera acordarme escribió que “la acumulación de riqueza tiene que empezar a ser vista como el motor del progreso”.
Por supuesto, como pasa siempre, una idea tan revolucionaria tarda en penetrar en la opinión pública, plagada de prejuicios y siempre demasiado cautelosa para las novedades.
Pero sus palabras fueron oídas algunos años después. Las nuevas generaciones no tardarían en descubrir la gallina de los huevos de oro: el Agro.
Después del fallido desembarco de Monsanto en los años ’10, la sociedad entera percibió, al fin, que el motor del progreso consiste en el monocultivo. Después de todo, dirían hoy por hoy los gurúes monsantinos, estamos en el mundo por apenas poco más de cincuenta años y hay que tratar de aprovechar al máximo nuestra estadía.

Finalmente, el 17 de abril del 2031, al grito de “sembraré, cosecharé / y veré dónde viviré”, se anunció el traspaso de trece unidades académicas de la Universidad Nacional de Córdoba al recientemente creado Instituto de Investigaciones Agroquímicas.

Hoy la sociedad es mucho más lúcida. Pregúntele a cualquiera y le responderá lo mismo: no hay progreso sin un poco de sacrificio.

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